Cinco años en Bangkok

José Hodak se licenció en Química en la Facultad y continuó su carrera en Estados Unidos. Motivos personales lo llevaron a Tailandia donde fue profesor e investigador de la Universidad de Mahidol. De vuelta en Argentina describe su peregrinaje y cuenta cómo es enseñar y hacer ciencia en el sudeste asiático.

12 de mayo de 2010

– ¿Cómo fue tu formación?

– Yo empecé la Licenciatura en Química en el 90 y rendí la última materia en el 95. En ese momento no quería irme pero mi familia tenía problemas económicos y unos amigos me convencieron para que fuera a Estados Unidos diciéndome que, con lo que me pagaran allá, iba a poder seguir estudiando y ayudar a mi familia. Así lo hice y funcionó. Me aceptaron en la Universidad de Notre Dame y todos los años podía enviar unos dos o tres mil dólares.

– ¿Cómo fue tu experiencia en Notre Dame?

– El primer año fue muy duro. Me costaba mucho el idioma. Mi director de tesis era australiano y tenía un acento que era imposible para mí. Pero a partir del segundo año me fui acostumbrando y me empezó a ir mucho mejor. Cuando terminé mi doctorado en el 2000 conseguí un lugar para hacer un posdoc en la Universidad de Colorado.

– ¿Terminado tu posdoc evaluaste la posibilidad de volver?

– Lo que ocurrió es que durante mi posdoc conocí a mi esposa, Jeau, que es tailandesa. Ella tenía una beca especial de doctorado por la cual tenía que volver a Tailandia y trabajar por el doble de los años que ellos le pagaron. Entonces como yo no quería separarme de ella me fui a Tailandia. Llegué en noviembre de 2004. No tenía trabajo y en el pueblo natal de ella no había nada para mí. Así que decidimos ir a Bangkok y al mes ya tenía tres ofertas. Elegí el puesto que me ofrecía la Universidad de Mahidol.

– ¿Qué nos podés contar de tu experiencia en un lugar tan exótico para nosotros?

– Me pasaron tantas cosas que es imposible contarlas todas. La universidad en la que entré tiene un programa internacional donde se enseña en inglés. Me trataron muy bien desde el principio. Lo que ocurre es que hay muchas cosas de la cultura tailandesa que son distintas a la occidental. Por ejemplo, hay una situación de respeto hacia el más viejo que es infranqueable, no se puede violar. Si alguien es más viejo todo el mundo tiene que respetarlo y, aunque haga desastres, no se lo puede criticar.

– En el ámbito científico debe ser complicado no poder discutir con alguien mayor.

– Sí, y eso trae inconvenientes. Era muy difícil discutir problemas científicos o técnicos con otros profesores porque lo tomaban como algo personal. Ellos casi no tienen discusiones. Por otro lado, hay mucho respeto de los alumnos hacia el profesor lo que hace que a veces no te digan ciertas cosas por miedo a estar faltándote el respeto. En las clases casi no se hacen preguntas. En Tailandia es todo mucho más respetuoso, nosotros los occidentales somos muy descorteses. Yo no soy demasiado cuidadoso cuando hablo y eso no ayudó.

– Además de dar clase, ¿pudiste hacer investigación?

– Sí, y pude publicar artículos. Al principio no tenía estudiantes. Yo no sé si me tendrían miedo. Entonces otro profesor me prestó un alumno. Hicimos algo muy básico porque yo no tenía subsidios, pero lo pudimos publicar. Después empecé a codirigir estudiantes de tesis y finalmente vino un estudiante a trabajar conmigo. A partir de ahí se empezaron a enganchar otros. Al final tenía tres estudiantes, todas mujeres. Pudimos trabajar y publicar artículos. La verdad, tuve la suerte de que no sólo mis estudiantes sino todos me quisieran mucho. Los últimos dos años fueron una etapa muy linda.

– ¿Cómo tomaste la decisión de volver?

– Lo que pasa es que como extranjero tenés muchas trabas allá. No tenés derecho a tener propiedad, casi no tenés protección social, tenés que renovar todos los años el permiso de trabajo. Yo siempre hablaba con mi mujer de que cuando ella terminara su compromiso teníamos que irnos. Un día me llegó un mail de Pedro Aramendía, del Departamento de Química Inorgánica, diciéndome que estaban con un proyecto nuevo y que había distintos planes para facilitar la repatriación de científicos. Me fijé y me sorprendí. Nunca había visto que te pagaran los gastos de mudanza, te dieran un subsidio para trabajar. Entonces, volver me empezó a parecer posible. Yo estiré mi estadía todo lo que pude, pero tengo 41 años y se me acababa la posibilidad de entrar en el Conicet.

– ¿Volviste solo?

– Sí, mi mujer todavía se tiene que quedar un par de años más en Tailandia. Yo voy a tratar de visitarla cada seis meses. Además tengo que buscarle trabajo. Ella es física, trabaja en materiales, así que Argentina recibe dos científicos al precio de uno (risas).

– En este momento, ¿cuál es tu situación laboral?

– El Conicet me seleccionó como investigador independiente y en la Facultad gané un cargo interino de profesor adjunto. Aunque todavía no estoy cobrando ninguno de los dos cargos porque falta la designación formal. El Programa Raíces ya me pagó los gastos de mudanza y también estoy en un programa PIDRI de la Agencia. Espero tener, en un par de meses, mi sueldo y una cuenta de banco.

– ¿Contento con el regreso?

– La verdad es que estoy muy contento. Extraño mucho a mi esposa. También a mis alumnos que son muy afectuosos y muy considerados. Mi objetivo es que mi mujer venga, se integre y tenga trabajo. Ella ayudó mucho a que yo me integre en Tailandia. Ojalá pueda hacer lo mismo y ella sea feliz acá.

Fuente: El Cable Nro. 744

Gabriel Rocca