Las mieles del éxito

El biólogo Walter Farina, investigador y profesor de la Facultad que utiliza a las abejas como modelos biológicos para desarrollar sus estudios, fue elegido, entre más de 450 postulantes, para recibir una de las prestigiosas becas Guggenheim. Una vez más Argentina es el país de la región con mayor número de premiados.

24 de junio de 2009

Las becas Guggenheim fueron creadas en 1925 por el senador estadounidense Simon Guggenheim. Con el correr de los años fueron ganando un prestigio cada vez mayor y, en la actualidad, constituyen uno de los premios más codiciados en el mundo de las ciencias y las artes.

Este galardón tiene por objetivo reconocer a investigadores y artistas ya consagrados, pero que se encuentran a la mitad de su vida profesional. De allí que el premio apunte tanto a destacar su trayectoria como a estimular sus trabajos futuros. Las becas consisten en un subsidio, cuyo monto varía todos los años, que el ganador puede aplicar libremente para llevar adelante el proyecto que elija.

Estas distinciones se otorgan a través de dos concursos anuales: uno abierto a ciudadanos de Estados Unidos y Canadá, y otro para postulantes de América Latina y el Caribe. De las 33 destinadas a la región en 2009, una vez más los representantes de nuestro país se alzaron con el mayor número: 10 premios. Luego se ubicó Brasil con seis, Chile con cuatro y México con tres.

Y también, como ya se va haciendo costumbre, entre los argentinos distinguidos se encuentra un integrante de la Facultad: Walter Farina, doctor en Biología, director del Grupo de Estudio de Insectos Sociales del Departamento de Biodiversidad y Biología Experimental e investigador del IFIBYNE.

En esta entrevista, Farina cuenta las razones que lo llevaron a postularse para este premio, describe las líneas de investigación que se desarrollan en su laboratorio y sus posibles aplicaciones y evalúa la situación del sistema científico argentino y su ubicación en el marco regional.

– ¿Qué significado tiene para vos haber recibido esta beca?

– Realmente estoy muy contento porque es un premio a la trayectoria de alguien que está a la mitad de su carrera, pero también es un subsidio para continuar con un proyecto de investigación. Y eso realmente me pone muy feliz porque nos da garantías de que las líneas de investigación que estamos llevando adelante puedan desarrollarse con más facilidad y con menos burocracia para usar determinados fondos. También estoy muy contento por el reconocimiento, claro. Y quisiera remarcar que es obvio que haber ganado esta beca no puede entenderse si no como parte de un grupo de trabajo y que este premio es también para todos ellos.

– ¿Qué fue lo que te llevó a la decisión de competir por la beca?

– A mí me pareció que las áreas de investigación que estamos desarrollando son bastante originales y están tomando mucho empuje en los últimos años. Se trata fundamentalmente de vincular sociobiología con cognición. Eso es algo novedoso y los insectos sociales son un muy buen modelo para llevarlo a cabo. Entonces armé un proyecto, presenté los antecedentes de mi carrera científica y tuve que elegir a cuatro evaluadores reconocidos internacionalmente en el área para que la Fundación envíe esa carpeta para que cada uno de ellos la evalúe. Después se reúne un jurado con todas esas carpetas y termina de definir las propuestas que se van a avalar.

– ¿El premio en qué consiste?

– Por un lado es el reconocimiento y por otro es un monto en dinero. Este año son unos 27 mil dólares, que, en mi caso particular, propuse aplicar para desarrollar un proyecto de investigación en los próximos doce meses.

– ¿Recibir un reconocimiento tan importante te facilita la obtención futura de nuevos subsidios, o becas?

– Me parece que sí, pero en ese sentido nuestro grupo de investigación no puede quejarse porque siempre ha tenido subsidios nacionales para llevar a cabo proyectos. Quizá lo que sí sea importante es poder sacar a la luz un modelo de estudio no tan frecuente. La abeja no es una rata de laboratorio, pero es un organismo muy lindo de estudiar en múltiples facetas y además con una gran capacidad de transferencia a la producción. Entonces, por ese lado, que alguien que trabaje con este tipo de animales gane un premio, es también importante para el área.

– ¿Creés que el premio puede estimular a que nuevos grupos se sumen al trabajo con este tipo de modelos biológicos?

– Espero que sí. No hay demasiados grupos en Argentina que tengan una visión así. A mí me parece que la abeja es ideal, como especie social, para estudiar lo que se llama biología integrativa, o sea, para trabajar en distintos planos del animal. Biología molecular, fisiología y procesamiento de información en el sistema nervioso, respuesta individual, conducta social en una colonia artificial pero controlada, preferencias en el campo. Nosotros trabajamos desde neurofisiología y cómo es el marcado en una red cerebral que tiene una memoria dada, hasta en la forma en que poliniza un cultivo.

– En los últimos años los científicos argentinos fueron los que mayor cantidad de becas recibieron en la Latinoamérica ¿A qué creés que se debe?

– Me parece que realmente Argentina, en términos de creatividad, ya sea artística o científica, siempre está mostrando algo. Más allá de alguna estructura un poco caótica de nuestro sistema científico se están viendo recursos humanos muy bien formados, que son autónomos, que pueden generar líneas de investigación propia y eso no es trivial, no es fácil de conseguir.

– Guillermo Jaim Etcheverry, presidente del jurado, atribuyó este éxito a la tradición argentina en investigación, pero advirtió que otros países de la región como Brasil y Chile están avanzando mucho ¿Vos cómo lo ves?

– Mirá, yo noto un cambio muy grande en los últimos cinco o seis años que está dando forma a un sistema científico predecible en términos de becas, de subsidios, de cambios de categoría. Por ese lado me parece positivo. Por otro, creo que es cierto que Argentina siempre tuvo una mayor tradición científica en relación con otros países de la región pero el crecimiento que está teniendo Brasil es realmente espectacular. A lo mejor todavía no se nota porque aun no producen cosas de altísima calidad, pero es tal la cantidad de producción que inevitablemente va a llevar a que Brasil crezca y mucho. Creo que el gran desafío de Argentina es armar un verdadero sistema científico donde sus elementos componentes puedan interactuar y generar así propiedades emergentes mucho más ricas que cada unidad trabajando por separado. Pero para eso creo que todavía falta mucho.

– ¿Nos podés describir en que consisten las líneas de investigación que llevan adelante en el laboratorio?

– Nuestras líneas trabajan el comportamiento animal eligiendo un modelo que es altamente social como el la abeja. A partir de ahí nosotros elegimos una actividad que es muy relevante para las colmenas: la recolección de alimentos. Una vez que se descubre un alimento, ese alimento se distribuye dentro de la colmena, se almacena, se propaga la información y nuevos individuos van en busca de ese alimento, por lo tanto, hay una recolección colectiva. Con ese objetivo se arma una red dinámica de interacciones con una cantidad muy grande de canales de comunicación. En esas interacciones ocurren procesos de aprendizaje, los típicos que se pueden estudiar a nivel individual, y se va armando lo que se llama una información social. Con esa información la colonia va a trabajar para recolectar un campo de un cultivo dado o de una flor natural. Eso es lo que a nosotros nos interesa, cuáles son los mecanismos de cada individuo, pero sin sacar a ese individuo de la red dónde circula esa información. Por lo tanto nos interesan también las propiedades de esa red ¿Cuánto dura la información adentro de la colonia?, ¿cómo se puede sesgar la preferencia recolectora de toda una colonia? Todo esto utilizando distintos enfoques que van desde fisiología, comportamiento individual, interacción entre individuos y, directamente, estudios en cultivos específicos.

– ¿Por lo que explicás, las abejas constituyen en sus colmenas redes de información extremadamente complejas?

– Absolutamente, y como estas redes tienen muchos individuos y todos los individuos tienen distintas edades, distintas experiencias y distintas habilidades cognitivas, todo eso hace que la red sea mucho más compleja todavía. Todo esto hace que la red sea mucho más perdurable en términos de la información, porque los individuos más jóvenes, que están adentro de la colmena, en un extremo muy alejado de la entrada, tarde o temprano se transformarán en recolectoras, pero sin borrar esas memorias que han aprendido cuando eran muy, muy jóvenes.

– ¿Es como una especie de movilidad social?

– De alguna manera hay una fluctuación de las distintas subcastas sin borrarse esas memorias. Es por eso que a nosotros nos interesa mucho cuanto dura una información social, porque al tener esa información podemos sesgar la actividad sobre un cultivo específico, por ejemplo. De hecho, es esa la línea que estamos empezando a desarrollar. Esto significa que es posible tirarle cierta información a la colmena para que se construyan memorias que correspondan a un determinado tipo floral y no a otro. Entonces eso predispone a las abejas que salen a recolectar para sesgar su preferencia para aterrizar en esa floración y no en otra.

– El funcionamiento de la memoria que tiene un insecto como la abeja ¿guarda similitudes con el de un mamífero?

– Tiene similitudes en cuanto a que se observan distintos tipos de memoria que van desde corto y mediano a largo término. Nosotros hemos determinado que estas memorias que se producen en un ambiente muy social pueden durar días y días, que es lo necesario para que cuando una abeja vaya a recolectar invierta toda su vida con esa única memoria, buscando una especie y no otra.

– ¿Cuánto hace que estás trabajando en este tipo de líneas con abejas?

– Desde que comencé mi tesis doctoral en el año 89. Yo quería trabajar en biología social y me acerqué a Josué Nuñez, que fue mi director y me transmitió una enorme pasión. Después estuve unos años en Alemania trabajando con otro insecto, pero cuando regresé y me instalé acá en el año 94 retomé el trabajo con abejas y no lo abandoné más.

– ¿De qué manera se podrían llegar a aplicar los resultados de sus investigaciones?

– El futuro de la humanidad depende del alimento y la mayoría del alimento es de origen vegetal y tiene que ser polinizado por insectos. La abeja melífera poliniza casi todos los cultivos que consumimos. Si nosotros pudiéramos trabajar sobre lo que se conoce como polinización dirigida, o sea sesgando la conducta de colonias para hacer más eficiente la polinización de cultivos y así mejorar en cantidad y calidad la producción, yo creo que sería un paso enorme.

Fuente: El Cable Nro. 720

Gabriel Rocca