Cosa de hombres
En un encuentro llevado a cabo en la Facultad, representantes de organismos internacionales, del Estado, instituciones académicas y organizaciones de género, expusieron distintas formas de discriminación que sufren las mujeres en el sistema científico. También debatieron sobre sus causas y las acciones que podrían implementarse para modificar esta situación.
El martes pasado, un grupo de personas se reunió en el aula de seminario del Pabellón II, para difundir, debatir, analizar e intercambiar experiencias acerca de un problema habitualmente silenciado y poco percibido, incluso por quienes lo sufren: la discriminación de género en el sistema científico. Considerado muchas veces como superfluo, banal o sobredimensionado, permanece, sin embargo, vigente a lo largo de los años.
El “Foro sobre Ciencia, Tecnología y Género”, fue organizado por un grupo de instituciones, entre las que se encuentran: La Organización de la Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, la Red Argentina de Género, Ciencia y Tecnología (RAGCYT), el Grupo Redes y la propia Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA. El encuentro se extendió a lo largo de tres horas, durante las cuales expositores y público, mayoritariamente femenino, trocaron información, opiniones y vivencias sobre este problema.
La primera exposición estuvo a cargo de Eduardo Martínez, coordinador del informe internacional “Ciencia, tecnología y género”, recientemente elaborado por la UNESCO. El especialista presentó un breve resumen en el que hizo referencia a los objetivos, aspectos metodológicos y algunos de los resultados del trabajo, que en pocos meses será traducido al español y colgado en la web.
De acuerdo con datos relevados en casi todos los países del mundo, el documento afirma que las mujeres que se desempeñan en el área científico-tecnológica reciben una menor remuneración que los hombres igualmente calificados y que poseen una menor probabilidad de ser promovidas. Por esta razón su número es significativamente mayor en los niveles inferiores de los sistemas de ciencia.
Un cuadro elaborado con información correspondiente a las naciones que integran la Comunidad Europea confirma la escasa proporción de investigadoras que ocupan un puesto en los consejos científicos de ese continente. Sólo en Noruega, Finlandia y Suecia el porcentaje de mujeres supera el 40 por ciento, mientras que en la enorme mayoría no alcanza, siquiera, el 30 por ciento. Además en Alemania sólo acceden al 17 por ciento de esos cargos; en Bélgica, al 14; en Italia, al 13 y en Polonia, al 7.
Luego de advertir que en el tratamiento de estos temas han circulado numerosos estudios de “calidad desastrosa”, Martínez destacó la rigurosidad del documento y el enorme esfuerzo que se hizo en la recolección de datos empíricos que han permitido echar por tierra con algunos estereotipos. En este sentido señaló que, muy por el contrario de lo que habitualmente se cree, “en los países árabes es muy alto el número de mujeres que estudian física y matemática. Particularmente en Bahrein llega al 80 por ciento de la matrícula. Sorprendentemente tienen los más altos índices de participación femenina del mundo”.
El techo de cristal
La doctora Silvia Kochen, integrante de RAGCYT, detalló, a lo largo de su intervención, un trabajo realizado en el año 2004, que tenía como objetivo trazar un diagnóstico de la situación de las mujeres en el ámbito de la ciencia y la técnica en la Argentina, centrado en el Conicet.
En principio, Kochen desplegó un cuadro con la evolución en el número total de personas que formaban parte de la carrera de investigación científica del Conicet entre 1994 y 2006, diferenciadas por género. “Pudimos ver que la proporción entre mujeres y hombres se mantuvo bastante estable y que no había contrastes significativos. Era casi mitad y mitad”.
Sin embargo, las diferencias rápidamente comenzaron a aflorar, al analizar la presencia masculina y femenina, según las distintas áreas del conocimiento. En ese caso, mientras que en ciencias sociales y humanidades, y en ciencias biológicas y salud, los números se dividen casi en partes idénticas, incluso con una leve preponderancia de mujeres, esta tendencia se empieza a revertir en el área de tecnología, donde los hombres superan el 55 por ciento, y se agudiza en las ciencias agrarias, ingeniería y en ciencias exactas y naturales, en las que el porcentaje masculino alcanza los 65 puntos. “Llamativamente, esta situación se repite al analizar los datos provenientes de otros países como México, Brasil y Uruguay”, reforzó Kochen.
Este modo de inclusión de la mujer en el ámbito laboral, en general y científico, en particular, es conocido como “segregación horizontal”. El concepto alude a que se facilita el acceso en áreas que se presuponen típicamente femeninas, que también suelen ser retribuidas con más bajos salarios y al mismo tiempo se mantienen los obstáculos para que ocupen posiciones en ámbitos considerados como masculinos, como el desarrollo tecnológico y las ciencias duras.
Este cuadro se agrava al observar lo que ocurre con la proporción de mujeres y hombres a medida que aumenta la jerarquía en la carrera. Kochen exhibió un gráfico en el que podía apreciarse cómo desde una situación pareja, con leve preponderancia femenina en el nivel de investigador asistente, esto se va revirtiendo hasta reflejar una notable disparidad en la categoría de investigador superior con un 90 por ciento de hombres. “Aparece entonces la figura con la tristemente célebre forma de tijera que se ve en todo el mundo”, se lamentó.
Esta situación de discriminación vertical ha sido bautizada con el nombre de “techo de cristal” y hace referencia a la existencia de límites en las posibilidades de ascenso de las mujeres. Así, si bien se registra una democratización en el acceso a distintos puestos de trabajo, los lugares de jerarquía y autoridad siguen siendo patrimonio de los varones.
Kochen continuó brindando datos como para dejar bien claro que los números brindados con anterioridad, no eran la excepción sino la regla. “Hay, en el Conicet, comisiones evaluadoras enteras que no tienen una sola mujer; el banco de evaluadores está compuesto por un 67 por ciento de hombres; la Junta de Calificación está integrada por una amplia mayoría masculina; y, si bien es cierto que actualmente la institución está presidida por Marta Rovira, también es cierto que esto ocurre por primera vez en cincuenta años de historia y que en el Directorio, de 10 miembros sólo 2 son mujeres”, remató.
Hogar y ciencia
Una vez finalizadas las exposiciones se abrió un debate del que participaron tanto los invitados como el público, emitiendo opiniones y relatando distintas circunstancias en las cuales se hacen evidentes las dificultades de las que son víctimas las mujeres.
Para Ana Franchi, de la RAGCYT, la presencia femenina en cargos jerárquicos no garantiza una mirada de “género”. “Si bien sabemos que las que lograron llegar han tenido un camino durísimo y que para tener éxito en sus carreras, la mayoría tuvo que renunciar a la maternidad e incluso a formar pareja, llamativamente cuando uno habla con ellas los primero que dicen es: ‘Yo nunca me sentí discriminada’”, señaló y continuó, “Nosotros apuntamos a que a las chicas jóvenes no les sea tan difícil como a ellas”.
María Elina Estebanéz, del grupo Redes, explicó que a pesar de los muchos avances que en los últimos años se han logrado en el mundo laboral “todavía estamos en un período en el cual las obligaciones familiares no son equitativamente compartidas. Todavía la mayor carga de responsabilidad en el ámbito doméstico sigue siendo femenina. Esta realidad podría y debería ser tenida en cuenta en el sistema científico”.
En ese sentido Franchi aportó un ejemplo: “Todavía las becarias del Conicet no tienen guarderías para sus hijos y hay que tener en cuenta que una guardería implica un tercio de su salario”. Por su parte Silvina Ponce Dawson, directora del Departamento de Física de la Facultad, agregó que “en el caso de las becarias, el Conicet no tiene una política institucionalizada para las licencias por maternidad. Una depende de la ‘onda’ de su director y aunque pueda arreglar con él no trabajar durante tres meses, después no hay una prórroga en la duración de la beca para poder recuperar el tiempo de trabajo”.
Este tipo de obstáculos van dificultando, postergando y aún obligando a muchas investigadoras a abandonar sus carreras. Lo más llamativo es que, a veces, pequeñas decisiones podrían significar una ayuda importante. Tal es el caso del horario de las reuniones en los laboratorios y órganos colegiados, que suelen llevarse a cabo a última hora de la tarde o incluso de noche. “Yo a esa hora tengo y quiero estar en mi casa con mis hijos. ¿Por qué no se hacen a las ocho de la mañana cuando acabamos de dejar a los chicos en la guardería? En España salió una resolución por la cual, en el ámbito de las universidades las reuniones de los comités de evaluación deben hacerse antes de las cinco de la tarde”, contó Franchi.
A la hora de proponer políticas activas que apunten a revertir la situación, hubo acuerdo en la necesidad de que se flexibilicen los límites de edad para cada una de las categorías de la carrera, porque de esta manera aumentarían las posibilidades para las investigadoras jóvenes que se retrasan por motivos familiares. También se planteó, para el caso de las becas externas, que se instrumente algún mecanismo que permita reducir los plazos de estadía en el exterior. “Una mamá con hijos chiquitos no puede permanecer durante seis meses o un año afuera”, coincidieron.
Con el objetivo de modificar la escasa presencia de mujeres en cargos jerárquicos, se planteó la posibilidad de impulsar medidas de discriminación positivas, como los cupos para todos los órganos colegiados en los que se definen los temas que hacen a la ciencia y la tecnología, como directorios, comisiones evaluadoras, asesoras y otros. “Yo sé que es un tema terriblemente resistido en el ambiente científico -admitió Kochen-, pero creo que es la única manera”.
Como corolario del foro, Kochen relató un episodio que le ocurrió, hace algunos años, cuando participó en un concurso en la Facultad de Medicina de la UBA, que ejemplifica las situaciones de discriminación que sufren las mujeres, de manera mucho más habitual de lo que se supone. “Los que me tomaban la entrevista eran tres hombres muy mayores. Luego de un rato me preguntaron: ‘¿Cómo va a compatibilizar su vida familiar con el tiempo que requieren las tareas para las que está concursando?’ Estuve a punto de contestarles que no se preocuparan, que mi ‘esposa’ era muy tolerante. Pero no me quería pelear y les dije que hacía muchos años que era investigadora del Conicet y que nunca había tenido problemas. Entonces uno de ellos no se aguantó más y me preguntó: ‘¿Usted tiene hijos?’ Yo le dije que sí y entonces hizo un comentario supuestamente chistoso en relación con mi marido. Yo me sentí humillada porque no podía decirles lo que hubiese querido, porque yo quería ganar. Cuando salí les pregunté a todos los demás que competían, que eran hombres, a cuántos les había hecho ese tipo de preguntas. La respuesta se la pueden imaginar: a ninguno.
Fuente: El Cable Nro. 683

Facultad de Ciencias Exactas y Naturales - Universidad de Buenos Aires - Argentina