¿Cuánto consumiremos?
El país crece, pero también sube la demanda de energía. Para desarrollar políticas, hay que saber cuánto aumentará el consumo en las próximas décadas. Un físico de Exactas desarrolló un modelo que permite pronosticar que la demanda de electricidad se duplicará en unos diez años y la de gas natural, en unos 20 años, si no se adoptan medidas de ahorro.
Cuando llega el invierno, una pregunta obligada es si tendremos suficiente gas para calefaccionar nuestras casas. El invierno de 2007 fue uno de los más fríos de los últimos años, y la falta de gas se hizo sentir. Pero cuando llega el verano, las perspectivas pueden ser peores. Cuando se encienden los acondicionadores de aire, podemos quedarnos a oscuras.
Lo cierto es que la demanda de gas y electricidad está en aumento, y ello es un indicio de que el país crece. Pero ¿cómo se hará frente a esta nueva situación?
El desarrollo de una política energética requiere disponer de modelos confiables que permitan predecir el consumo en el corto plazo (unos pocos días) y también a largo plazo, por ejemplo, una década. Al respecto, el doctor Salvador Gil, profesor en el Departamento de Física de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales (FCEyN) de la UBA desarrolló modelos para predecir la evolución del consumo de electricidad y de gas que posibilitan elaborar planes de ampliación de la infraestructura y así responder a las crecientes demandas.
Según señala Gil, “si el país registra un crecimiento moderado, con una variación promedio del PBI del 4,2 por ciento, el consumo de gas se duplicaría recién en 24 años”. El consumo de electricidad, sin embargo, se duplicará en mucho menos tiempo: una década, siempre y cuando las tendencias actuales no se modifiquen.
Para proyectar el consumo medio anual de electricidad, se consideran tres variables: el tiempo, el producto bruto interno (PBI) y su promedio en los tres años previos. Es claro que una mayor actividad económica requiere un mayoruso de energía. Asimismo, luego de una etapa de expansión económica, los artefactos y maquinarias adquiridos por los usuarios siguen generando demanda. “El consumo de energía tiene cierta ‘inercia’ y, aun en períodos de recesión, no disminuye en la misma proporción que lo hace el PBI”, explica Gil, también profesor de la Universidad de San Martín y consultor del Enargas. El hecho es que la demanda eléctrica crece un 40 por ciento más rápido que la variación del PBI. Por otra parte, con el tiempo la población aumenta, lo que incide en el gasto.
El consumo eléctrico, entre 1970 y 2001, se cuadruplicó, mientras que el PBI sólo aumentó un 75 por ciento en el mismo período. En cambio, en Estados Unidos, entre 1976 y 2005 el consumo eléctrico se duplicó, y el PBI aumentó un 245 por ciento. “Estos datos sugieren que es posible y deseable hacer un uso más eficiente de los recursos energéticos”, subraya Gil.
Por otro lado, en los últimos quince años hubo un gran crecimiento de la generación térmica sobre las otras formas de producir energía. En especial, se incrementó el uso del gas, acompañado por la aparición de una tecnología nueva de generación de electricidad: la de ciclo combinado. (Ver Exactamente nº 36).
En la década de 1970, la Argentina dependía en un 62 por ciento del petróleo y solo un 15 por ciento del gas natural. Pero a partir de 2002 el gas natural se convierte en la fuente primaria más importante del país: un 48 por ciento frente a un 42 por ciento del petróleo.
El consumo de gas
¿Cómo surge la idea de proyectar el consumo futuro de gas? “Comencé con esta tarea por solicitud del Ente Nacional Regulador del Gas (Enargas), que necesitaba una predicción a corto plazo para saber qué carga efectuar en los gasoductos para evitar posibles desabastecimientos”, explica. Desde las cuencas, ubicadas a más de 2.000 kilómetros de Buenos Aires, el gas tarda unos dos días en llegar, que es el tiempo requerido para realizar las operaciones para el transporte. “Luego surgió la necesidad de pronósticos a más largo plazo”, comenta Gil.
Para realizar proyecciones confiables, era necesario, en primer lugar, analizar el consumo de gas natural en el país, sobre la base de los datos históricos y determinar qué variables explicativas son las más relevantes.
Además, hay que tener en cuenta que los diversos tipos de consumo (residencial, comercial, industrial) se comportan de manera diferente a lo largo del año. Por un lado, los consumos residenciales y comerciales varían en función de la temperatura y el número de usuarios, y son independientes del contexto económico. El consumo residencial, a alta temperatura, tiende a un valor constante, ya que su uso se reduce a cocción y calentamiento de agua. A medida que la temperatura baja, el consumo aumenta, sobre todo, por el uso de calefacción. Finalmente, cuando toda la calefacción está encendida, el gasto se estabiliza.
Por otro lado, el consumo de las industrias y las centrales eléctricas no depende de la temperatura, y se vincula al contexto económico. Las centrales térmicas tienden a generar electricidad en forma constante a lo largo del año, por lo tanto consumen todo el gas que tienen disponible. Otro componente de la demanda de gas es el GNC, que representa un 12 por ciento del consumo total de gas. Su empleo se inició en 1984 y hoy la Argentina es el país con el mayor parque automotor impulsado a GNC, con un total de 1.400.000 vehículos (el 20 por ciento del total).
Otro dato que se considera en los cálculos es la posible evolución del PBI. “Para ello, se proponen diversos escenarios de crecimiento para los próximos treinta años, y se obtienen proyecciones de demanda de energía según el escenario supuesto”, explica Gil.
A la española
El crecimiento promedio de Argentina en los últimos 30 años fue de 1,6 por ciento, es decir, inferior al aumento de la población, que alcanzó el 1,9 por ciento. Para el futuro, se puede pensar en diferentes alternativas de crecimiento, algunas pesimistas, otras muy optimistas, y otras intermedias. Con una perspectiva pesimista, se puede proyectar un crecimiento del 2,4 porciento. Una alternativa muy optimista, “a la China”, sería de un 6,3 por ciento. “Un modelo más realista es considerar un promedio del 4 por ciento, ‘a la española”, estima Gil.
Precisamente, con un crecimiento estimado del 4 por ciento, el investigador pronostica que la demanda de electricidad se duplicará en unos diez años, y la de gas, en alrededor de veinte.
La solución: el ahorro
Para hacer frente a una mayor demanda de energía hay diferentes respuestas. Un camino es explorar nuevos yacimientos de gas y petróleo, construir nuevas centrales eléctricas, nucleares, hidroeléctricas o eólicas. Otro es usar en forma más eficiente la energía disponible. “Suele pensarse que la única forma de crecer es mediante el aumento del consumo de energía; sin embargo, uno puede crecer sin aumentar el consumo”, sostiene el investigador, y enfatiza: “El ahorro de energía y la eficiencia en su uso son las opciones más económicas y rápidas de implementar, además de ser las más amigables con el medio ambiente.”
Alemania proyecta crecer en los próximos años, pero su plan energético prevé disminuir el consumo de energía, haciendo más eficiente el sistema, y buscar energías alternativas, apostando a la energía eólica.
La matriz energética argentina, es decir, la distribución de las distintas fuentes de energía que se emplean en el país, tiene una gran dependencia de los combustibles fósiles: el petróleo y el gas alcanzan el 90 por ciento de la energía que producimos y consumimos.
Actualmente existe un consenso en diversificar esas fuentes y limitar la generación térmica al 50 por ciento del total. “Desde nuestro punto de vista, la oferta eléctrica con fuentes primarias distintas del gas natural, como la nuclear, la hidroeléctrica y la eólica, debería incrementarse para suplir el otro 50 por ciento de la demanda no abastecida por el gas natural”, indica Gil.
Por otra parte, dado que la eficiencia del gas para producir electricidad es del 50 por ciento, lo que se pierde como calor podría aprovecharse, ya sea para calentamiento de agua, o para el secado de granos o de especies. La instalación de secadores en predios aledaños a una central de gas permitiría generar ahorro y no desperdiciar energía.
Un concepto relevante es el de intensidad energética, que, según explica el investigador, es la cantidad de energía que se emplea para producir una unidad de PBI, y se vincula a la eficiencia con que se usa la energía. “Este valor, o sea la energía necesaria para producir un dólar, se obtiene de dividir el PBI por la cantidad de energía utilizada en el país. Un objetivo deseable sería disminuir la intensidad energética como lo hacen muchos países”, señala, y recalca: “Si necesitamos cada vez más energía para producir un dólar, tal vez estemos transitando por el camino equivocado”, señala Gil.
Una clave es el ahorro. En los Estados Unidos, en los años 70, con el aumento del precio del petróleo, los autos redujeron el tamaño y se mejoró la eficiencia. Pero, cuando bajó el precio del petróleo, la población se olvidó del ahorro. Surgieron, por ejemplo, los vehículos cuatro por cuatro, grandes consumidores de energía.
“En nuestro país, los precios bajos estimulan el consumo”, sentencia Gil. Luego de la devaluación, sumado al aumento del precio internacional del petróleo, creció la brecha entre el valor internacional y el local.
El hecho de que el gas sea barato en la Argentina no significa que lo sea para todos. Precisamente, es caro para los sectores de menores ingresos que viven fuera de las redes de gas. “El precio actual del gas es un subsidio a las clases medias y altas”, afirma.
Por el contrario, quienes no acceden al gas de red, y tienen que comprarlo en garrafas, pagan valores casi diez veces más altos por la misma cantidad de energía. Si usan carbón de madera, también pagan más caro, unas cinco veces más.
¿Cómo tener una política más racional? “Hay tecnología suficiente para reducir el consumo y hacer más eficiente el uso de la energía. Pero, con los precios actuales, nadie se preocupa por ahorrar”. Por ejemplo, en el sur de Argentina, donde hay subsidios importantes para el gas, se observa que los consumos específicos son el doble del resto del país. “Esto muestra que los subsidios distorsionan y estimulan el consumo innecesario”, sentencia Gil.
En síntesis, el país crece y, sin una política que estimule el ahorro, el consumo de energía aumenta. Con una duplicación en diez años de la demanda eléctrica habrá que buscar soluciones. El cambio de la matriz energética, con un mayor aporte de energía nuclear y eólica, es una posibilidad atractiva, ya que además estimula el desarrollo tecnológico e industrial. Asimismo es preciso incentivar el ahorro y el consumo racional.
“En 2004, cuando se implementó un plan de uso racional de la energía (PURE), hubo una gran expectativa social y se logró bajar el consumo de gas en un 10 por ciento. Parece poco, pero la importación de gas de Bolivia es inferior a ese valor. Es decir, con ese mínimo ahorro, sería innecesario importar. Después de los primeros meses del plan, los usuarios retomaron sus hábitos usuales de consumo y se dejó de producir ahorro. Lo remarcable es que esta experiencia demostró que el ahorro es posible”, concluye Gil.
Fuente: Exactamente Nro. 38

Facultad de Ciencias Exactas y Naturales - Universidad de Buenos Aires - Argentina