Guggenheim x 2
Una vez más, con 11 de los 37 premiados entre alrededor de 500 postulaciones, Argentina fue el país latinoamericano que obtuvo la mayor cantidad de becas otorgadas por la Fundación Guggenheim en su edición 2010. Como siempre, Exactas aportó su cuota: dos científicos de la Facultad estuvieron entre los elegidos.
“Me costó bastante empezar a investigar”
Siempre quiso dedicarse a la investigación. Se graduó como bioquímico en la UBA en 1983, pero la escasa oferta de becas del Conicet de aquel entonces lo alejó de su deseo durante casi ocho años. En ese lapso debió trabajar en laboratorios de análisis clínicos. Finalmente, ganó un concurso de ayudante de primera en el Departamento de Química Biológica de la Facultad de Exactas, donde realizó su tesis doctoral bajo la dirección de los doctores Carlos Lantos y Gerardo Burton.
Fue a hacer su postdoctorado a la Universidad de Michigan, en Estados Unidos. Allí trabajó durante ocho años, hasta que eligió ser repatriado por el Programa Raíces del Ministerio de Ciencia. Ahora, Mario Daniel Galigniana –ya reincorporado a la Facultad de Exactas- acaba de obtener la prestigiosa Beca Guggenheim.
– Su inicio en la ciencia fue relativamente tardío…
– Muy tardío. Me doctoré a los 38 años. O sea, a una edad en la que la mayoría de la gente ya tiene un grupo estable.
– Sin embargo, la edad no ha sido un problema para usted.
– Para nada. De hecho, la Fundación lo que premia es una trayectoria. En mi caso, yo ya estoy viejo -se ríe- y sólo hace 14 años que estoy trabajando en investigación. La carrera la hice bastante rápido, pero me costó bastante empezar a investigar.
– ¿Por qué?
– En el ’83 el Conicet había dado muy pocas becas. Unas 70 u 80 para todo el país. Solamente los más sobresalientes pudieron entrar en ese momento. Yo evidentemente me quedé afuera. Entonces me fui a trabajar a un laboratorio de análisis clínicos. Pero yo siempre quise dedicarme a la investigación, así que hacía concurrencias en el IBYME y ahí conocí al doctor Lantos, con quien finalmente hice el doctorado acá en Exactas. No obstante, hoy creo que las dificultades que tuve fueron algo bueno, porque me ayudan a valorar cada pequeño paso que doy. De todas maneras, los análisis clínicos fueron un buen complemento. Me sirvieron para integrar. Porque la investigación básica, a veces, se puede ver demasiado abstracta si uno no la pone en perspectiva. Como yo hice un trabajo un poquito más aplicado, a mí me sirvió para integrarlo y ponerlo en perspectiva.
– ¿En qué consiste su línea de trabajo actual?
– Tenemos un montón de líneas, pero el proyecto que yo presento a la Guggenheim está relacionado con los receptores de hormonas esteroides, que fue con lo que empecé con el Dr. Lantos y continué en Estados Unidos con el Dr. William Pratt, que es un poco el padre de lo que son las chaperonas asociadas a los receptores de hormonas esteroides. Las chaperonas son proteínas que se asocian al receptor y modulan su actividad. En la sociedad anglosajona, la chaperona era la señora que se pegaba a las niñas jóvenes para que no salgan solas y controlarlas. Por analogía, a estas proteínas que siempre están asociadas a otras para regularlas se las llama chaperonas. Durante mi tesis encontré algunas cosas que contradecían un dogma clásico que había en la literatura respecto del mecanismo de acción de estas proteínas, y yo lo elijo a Pratt para hacer el posdoc porque él había postulado ese mecanismo.
– ¿Y qué resultó de ese encuentro?
– Descubrimos la función biológica de una de estas chaperonas, que es facilitar que los receptores se muevan en el citoplasma de la célula y alcancen el compartimiento nuclear. Después, de vuelta en la Argentina, tuvimos un resultado que nos sorprendió: encontramos que una proteína hermana de aquella con la que trabajé en Estados Unidos estaba metida dentro de una organela de la célula que es la mitocondria. Pensamos que era un artefacto, que era una reacción cruzada…hicimos todos los controles y no: era mitocondrial. Y si era mitocondrial inmediatamente pensamos que participaba en fenómenos de muerte celular programada, o apoptosis, como se la llama. Y comprobamos que, efectivamente, es una proteína que tiene un efecto anti-apoptótico, es decir, favorece la sobrevida de la célula. Entonces pensamos que podía estar sobre-expresada en tumores. Y efectivamente lo está. Tiene efectos anti-apoptóticos, está aumentada en las células tumorales, está presente en muchos tumores…
– ¿Buscan probar si esta proteína es promotora de tumores?
– No solamente eso, sino si puede ser utilizada como marcador pronóstico de cómo evoluciona el tumor, su grado de invasividad, cuán maligno es. Hay un dato preliminar que muestra que los niveles circulantes de esta proteína pueden estar aumentados en plasma, cosa que es común con la mayoría de las proteínas tumorales.
– ¿Por qué decidió postularse a la Beca Guggenheim?
– Viendo un poco el impacto que tenía mi trabajo en la comunidad internacional, en función de las citas y demás, pensé que tenía posibilidades de ganarla. El fruto no es tanto económico, porque son 22 mil dólares, pero es muy prestigiosa y eso nos puede llegar a servir para presentaciones a subsidios internacionales de mayor envergadura.
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“La ciencia argentina es muy competitiva”
Durante muchos años Liliana Arrachea fue una “científica itinerante”. Es que luego de licenciarse en Física en la Universidad de La Plata, terminó su doctorado en Bariloche justo en 1995. “Ese fue el año en que Cavallo nos mandó a lavar los platos”, recuerda. Con el Conicet prácticamente cerrado, comenzó a viajar. Primero Alemania, donde estuvo en Berlín y Dresden, luego Brasil. Regresó durante un tiempo pero volvió a irse justo antes del estallido de diciembre de 2001. Esta vez fue primero Italia y más tarde Alemania. Un nuevo regreso y una nueva partida a España, donde estuvo a punto de quedarse, sin embargo, primaron los afectos y retornó a Buenos Aires. “Creo que fue una buena decisión”, sonríe satisfecha.
Ya instalada como investigadora del Conicet y profesora del Departamento de Física de la Facultad, Arrachea acaba de ser distinguida con la prestigiosa Beca Guggenheim.
– ¿Qué significado le da a este premio?
– Es una muy buena noticia, no te puedo engañar (risas). La recibí con mucha alegría. Cuando uno manda una solicitud a un lugar así sabe que las chances son bajas. Creo que el factor suerte es bastante importante porque hay mucha gente que presenta solicitudes y son consideradas todas las disciplinas juntas, tanto científicas como artísticas.
– ¿Por qué decidió postularse?
– En realidad esta fue la segunda vez que lo hice. El año pasado también había mandado la solicitud, sin resultados. Pero dije, “voy a intentarlo nuevamente” y por suerte lo hice. Y la razón para postularme… bueno por ahí te lo puedo explicar de la siguiente manera. Hace poco estuve en Suiza y le comenté al jefe del Departamento de Física de la Universidad de Ginebra, un científico brillante que había trabajado durante mucho tiempo en Estados Unidos, sobre este premio. Él me dijo que era una distinción muy prestigiosa pero que él nunca necesitó solicitar una porque siempre tuvo muchos fondos para trabajar. Es decir, el que no lo necesita no se preocupa de buscar vías de financiamiento alternativas. Bueno, no es nuestro caso. Nosotros siempre estamos a la búsqueda de cualquier camino que nos permita conseguir recursos.
– ¿Cuál es su línea de trabajo?
– Dentro de la física teórica, trabajo en materia condensada, que es el estudio de los materiales en estado sólido. Yo empecé a investigar en esa área durante mi doctorado. En aquella época se descubrieron unos materiales que eran superconductores a temperaturas no tan bajas como los tradicionales. En ese momento, el gran problema de la Física era descubrir cuál era el mecanismo que hacía superconductor a esos nuevos materiales. Fue un problema que a mí me atrapó. Éste sigue siendo un tema que, hoy por hoy, continúa en debate.
– ¿Actualmente sigue investigando ese tema?
– Cada tanto algo hago en esa línea, pero me fui orientando hacia otro tema. La tendencia de achicar cada vez más los nuevos aparatos electrónicos hace que sus componentes electrónicos también tengan que ser cada vez más chiquititos. Actualmente se está explorando la posibilidad de dar un salto cualitativo en ese proceso de miniaturización. Estamos hablando de pasar de la escala del micrón a la nano. Estamos hablando de que el trabajo que hoy hace un transistor, lo pueda hacer una molécula, pero no es una simple molécula sino una molécula conectada a un circuito. Todo eso está a un nivel muy experimental. Lo atractivo es que en ese nivel todo pasa a estar controlado por la mecánica cuántica. Desde ese punto de vista es un terreno muy atractivo para los que nos dedicamos a la física teórica porque necesitamos entender como se conduce la corriente, cómo se disipa el calor, cómo utilizar los efectos peculiares de la mecánica cuántica para aprovecharlos y hacer circuitos más eficientes.
– Volviendo a la beca, ¿a qué atribuye que haya tantos argentinos que ganan la Guggenheim, más que ningún otro país en América Latina?
– No quiero pecar de orgullosa pero la ciencia argentina es muy competitiva. Hoy por hoy, Brasil hace sombra pero… mirá, yo que estuve en España, los españoles se sienten muy orgullosos de tener dos premios Nobel en ciencia y nosotros, un país del sur, allá en el fondo del mundo, tenemos más. Eso marca una tradición científica muy importante.
– ¿Le parece que hoy se está intentando sostener esa tradición?
– Creo que ahora estamos tratando de recuperarnos. Estuvimos muy maltratados durante mucho tiempo. No solamente la ciencia sino toda la educación. En mi tesis puse como frase célebre la que Cavallo dirigió a los científicos: “vayanse a lavar los platos”. Realmente se hizo todo lo posible para que todo se viniera abajo pero yo creo que fue justamente la tradición que existía, la que hizo que, un poco por inercia, esto se mantuviera. Ahora, la situación de la ciencia está mucho mejor. Hay muchos ingresos en el Conicet, programas de repatriación, más recursos. Si este esfuerzo se sigue sosteniendo en el tiempo volveremos a ser lo que éramos. Ojalá acá podamos lograrlo.
Fuente: El Cable Nro. 748

Facultad de Ciencias Exactas y Naturales - Universidad de Buenos Aires - Argentina