Por una ciencia social

La utilidad social del conocimiento científico, y la reflexión acerca del rol y de las prácticas de los investigadores en contextos periféricos, marcaron el recorrido del panel que abrió el Primer Congreso Argentino de Estudios Sociales de la Ciencia y la Tecnología.

17 de julio de 2007

Con la presencia de investigadores de lugares diversos de Latinoamérica, y auspiciado -entre otras instituciones- por el CONICET, la SECyT, la Agencia de Nacional de Promoción Científica, y la Maestría en Política y Gestión de la Ciencia y la Tecnología de la UBA, durante los días 5 y 6 de julio la Universidad Nacional de Quilmes fue sede del Primer Congreso Argentino de Estudios Sociales de la Ciencia y la Tecnología (ESoCyT).

A la diversidad de naciones representadas en el evento, se añadió la multiplicidad de temas abordados por los ponentes que, a través de la historia, la economía, la educación, la antropología, la comunicación o la sociología, analizaron asuntos tan variados como las políticas científicas, las cuestiones de género en la ciencia, las interacciones entre universidad y empresa, la comunicación y la percepción pública de la ciencia y la tecnología, las maneras de evaluar las actividades científicas, y la utilidad social del conocimiento científico. Un abanico amplio que refleja la variedad de objetos de estudio de este campo joven e interdisciplinario del conocimiento, que reconoce entre sus ancestros a Oscar Varsavsky, Jorge Sábato, Amilcar Herrera o Natalio Botana.

Con el sugerente título “¿Para qué sirven los estudios sociales de la ciencia?” el panel que abrió el Congreso tuvo como primer orador a Pablo Kreimer, investigador independiente del Conicet, y director de la revista REDES.

Kreimer comenzó destacando el grado de autonomía que, “para bien o para mal”, el campo de los ESoCyT había alcanzado respecto del Estado y de otros actores sociales, en sus poco más de treinta años de desarrollo.

Luego de sistematizar la pluralidad de cuestiones que constituyen esta área del conocimiento en una “agenda de problemas”, lanzó una serie de preguntas con tono autocrítico. “¿En qué medida esta agenda puede constituir un aporte a las sociedades latinoamericanas?”, disparó, y tomó como ejemplo la apropiación que las empresas transnacionales hacen del conocimiento local, autóctono, y tradicional para industrializarlo en la economía globalizada: “¿Pueden los estudios históricos de la ciencia hacernos un aporte para comprender y, eventualmente, intervenir sobre este tipo de fenómenos?¿O sólo deben restringirse a una rigurosa reconstrucción de los hechos, que sólo aporte a la memoria colectiva?”, inquirió.

Recordando los años ´70, contexto de inicio de los ESoCyT, en que la reflexión latinoamericana sobre la ciencia y la tecnología en los países periféricos estaba asociada a un compromiso de acción política, y orientada hacia la intervención del Estado, Kreimer volvió a preguntar: “¿Sigue siendo el Estado el interlocutor a quien deben dirigirse los ESoCyT?¿Sigue siendo el Estado el locus desde el cual pensar toda forma de intervención?¿O esta idea debe ser reformulada?”.

Luego de cuestionarse acerca de las intervenciones que podrían hacerse para producir enrolamientos, Kreimer se interrogó una vez más : “¿Además de analizar la divulgación, no deberíamos emprender acciones efectivas para difundir nuestras propias indagaciones y preocupaciones?”. Kreimer finalizó su ponencia con otra pregunta, que intentó responder a la crítica que se hace a los ESoCyT cuando cuestionan el papel social de las ciencias duras en los países periféricos: “Bajo la premisa de que en nuestros países las ciencias son débiles, se critica que cuestionemos su papel, tanto en términos de su producción cultural como respecto de su utilidad para atender problemas sociales, pero -preguntó- ¿este cuestionamiento las debilita o las fortalece?”.

Herejías

“Los estudios sociales de la ciencia sirven para reflexionar sobre las políticas científicas en nuestros países. Reflexionar sobre el papel que juegan la ciencia y la tecnología en la inclusión social, sobre la relevancia social de los temas y los resultados de las investigaciones que los científicos hacen en nuestros países. Reflexionar sobre los problemas que nos afligen, en los que la interacción entre ciencia, tecnología y sociedad es tan débil, como también, para la reflexión sobre los “cómos” del desarrollo de la tecnociencia en la actual fase neoliberal del capitalismo”, comenzó diciendo la segunda panelista, la brasilera Ana Ribeiro, doctora en Historia Social, e investigadora en Historia Social de la Ciencia en Brasil.

Ribeiro hizo un recorrido histórico sobre los análisis de las prácticas científicas, destacando la contribución de los ESoCyT en la reconfiguración de ese campo: “Hubo un tiempo de predominio de la filosofía y del ensayismo en el que parecía que desde la ciencia había respuesta para todas las cosas, y donde los “sabios científicos” actuaban como profetas. Eran épocas de una egohistoria de la ciencia, en la que se mostraba un funcionamiento ideal, universal, atemporal de los mecanismos individuales de los científicos”, ilustró. Pero, según la experta, la reflexión en torno a la ciencia cambió esa mirada: “Aquellos que confrontaron los valores iluministas y las concepciones de progreso fueron tratados como herejes y acusados de irracionales”, reivindicó.

Señalando los cambios en las prácticas científicas, a partir de que “el conocimiento se transformó en una fuerza productiva”, Ribeiro se refirió a los estudios que describen las relaciones de los científicos entre sí, y con los actores externos: “con las instituciones políticas, militares, económicas, culturales y, cada vez más, con el mercado”.

“¿Los conocimientos científicos representan a la naturaleza? ¿Descubren o construyen la realidad que pretenden conocer?”, preguntó Ribeiro en un momento de su exposición.

Según la historiadora, los ESoCyT sirvieron para debilitar la ideología hegemónica de la “ciencia pura e imparcial”: “Yo diría que estos estudios sirven para deconstruir el discurso cientificista. Para trabajar las certezas y las convicciones que luego son apropiadas por otros sistemas de poder”.

Para Ribeiro, los ESoCyT también son útiles para evidenciar que el conocimiento científico es contextual: “La ciencia desarrollada en el hemisferio norte puede producir efectos negativos en los países distantes de ese contexto”.

Finalmente, se refirió a la “injusticia cognitiva mundial, que impone límites a la investigación en contextos culturales diferentes y distantes de los centros que dominan el mercado”, para preguntarse cómo ese hecho interfiere en el tipo y la validez de los conocimientos producidos en nuestros países.

Objetividad y privilegio

Luego, llegó el turno de Antonio Arellano Hernández, doctor en Antropología, e investigador de la Universidad Autónoma del Estado Mexicano, quien a lo largo de su exposición argumentó sobre la necesidad de aplicar la “reflexibilidad” (N.de R: Según Giddens, la capacidad de los individuos de pensar su acción, sus prácticas e, incluso, las reglas y, a partir de ello, reaccionar críticamente, proponer nuevos principios clasificatorios y luchar por ellos) para la producción de ESoCyT.

Pero, apoyado en el libro “El oficio de científico: ciencia de la ciencia y reflexividad” de Pierre Bourdieu, cuestionó el hecho de que la reflexibilidad debería conducir a la objetividad, y que la objetividad tendría un carácter racional: “Parecería que la objetividad otorga un privilegio a quien la practica”, observó.

Sosteniendo que la causalidad es la idea que mantiene la perspectiva científica de la disciplina, opinó: “Los ESoCyT deberían buscar las causas que explicaran el fenómeno científico”, y luego de aclarar que “cuando estudiamos laboratorios no estudiamos a la ciencia, sino el proceso de investigación científica”, propuso aplicar la causalidad en los laboratorios: “Aplicar una doble causalidad, es decir, a ellos mismos se les debería aplicar otros observadores, observadores de los observadores, como una manera de agregar interpretaciones”, opinó.

Finalmente, Arellano resaltó la necesidad de continuar con las reflexiones desde la perspectiva Latinoamericana: “En otras partes del mundo las preocupaciones son más teóricas, metodológicas, pero aquí hay una particularidad, que es muy importante y de la que no nos vamos a librar, que es el asunto de la utilidad social del conocimiento científico”.

Adiós a la inocencia

“¿Para qué sirven los ESoCyT? Nos permiten saber hoy que la producción de conocimiento no es inocente, que el conocimiento y sus aplicaciones no son productos neutros, que la actividad científica no nos hace mejores a priori, que no soluciona problemas de pobreza, o la creciente desigualdad económica entre países o regiones”, consideró Diego Hurtado de Mendoza, doctor en Física, y director del Centro de Estudios de Historia de la Ciencia “José Babini”, de la Universidad Nacional de General San Martín.

Planteando una dimensión política de los ESoCyT para América Latina, Hurtado desmoronó cualquier mirada ingenua sobre la actividad científica, y expuso a la ciencia como “una práctica social que busca transformar a la naturaleza en una dirección específica, contingente, no necesaria, marcada por los valores e ideologías que acompañaron al capitalismo en los últimos siglos”, en referencia a un “modo exitoso” de producir conocimiento planteado por los países centrales que, afirmó, se ha naturalizado: “La naturalización de este modo exitoso de entender los usos de la naturaleza no es inocente ni es espontánea”, sostuvo, y ejemplificó: “El tipo de vínculo entre universidad e industria que plantean estas perspectivas es una consecuencia natural de la historia de los países centrales, y habría que preguntarse si esto es realmente utilizable en los países en desarrollo”.

Después de reivindicar los avances logrados por los ESoCyT latinoamericanos en el problema de la “no neutralidad del conocimiento”, Hurtado reconoció un problema con los marcos teóricos: “La máquina académica anglosajona, sometida a una lógica de competencia, es una fábrica de producción intensiva de marcos teóricos, y propone conceptos, interpretaciones, valores que, por razones obvias, nunca tienen como centro el interés de los países periféricos”. Y añadió: “Dentro de los marcos teóricos, como dentro de las políticas sugeridas por los organismos internacionales, recibimos, como caballo de Troya, las formas `normales´ de producción de conocimiento, como opuestas a formas `patológicas´ de producirlo”. “Recibimos `llave en mano´ las conceptualizaciones de las prácticas científicas”.

Luego de reconocer que los ESoCyT en América Latina también “mantienen vínculos de subordinación, y buscan la legitimación de sus investigaciones en las redes de producción de conocimiento de los países centrales”, Hurtado cerró su exposición haciendo referencia a la pregunta que dio título al panel: “No sé si avanzamos sobre el `para qué sirve´, lo que está muy claro, es que queda mucho por hacer”.

Fuente: El Cable Nro. 656

Gabriel Stekolschik