Un distinguido

Eduardo Arzt, investigador de la Facultad y director del centro asociado que la Sociedad Max Planck tendrá en el polo científico que se construye en el terreno que ocupaban las bodegas Giol, sumó un nuevo reconocimiento a su destacada trayectoria: el premio Fundación Bunge y Born.

4 de junio de 2008

– Después de tantos reconocimientos, ¿qué representa este premio para usted?

– Cada premio, en su momento, es importante y representa algo significativo. Por ejemplo la beca Guggenheim, es algo importantísimo en mi carrera o, también, el premio Houssay. Pero el impacto personal que me produjo este premio es muy grande, por la historia que tiene y por su importancia en Argentina y Latinoamérica. Estoy realmente conmocionado, diría.

– El presidente del jurado, Eduardo Charreau, dijo que, para definir la elección, se inclinaron no sólo por lo que los candidatos habían hecho, sino también por lo que todavía podían dar para el futuro de la ciencia en el país. ¿Qué cree que puede dar usted todavía a la ciencia argentina?

– Hemos consolidado un equipo de trabajo del cual yo estoy muy orgulloso. Es un excelente grupo de investigadores, becarios y estudiantes que tiene un nivel fantástico. Y con gente tan buena, en lugar de sentir que cierro etapas, me siento muy entusiasmado para seguir desarrollando investigaciones. Siento que, en todo sentido, el equipo y sus posibilidades son más promisorios hoy que hace algún tiempo. Tenemos varias preguntas muy interesantes. Esperemos tener la capacidad y la virtud de poder concretarlas en investigaciones. Por otro lado está lo institucional, que es el proyecto del Instituto Max Planck de Biomedicina en Buenos Aires, que ya es una realidad dado que ya se firmó el acuerdo con la Sociedad Max Planck. De hecho, mientras se realiza la construcción del edificio, ya estamos pensando actividades académicas.

– ¿Qué tipo de actividades?

– Simposios o workshops internacionales. También está en curso una convocatoria a junior groups, que es un programa para que los ganadores vayan a algún instituto Max Planck en Alemania, se terminen de formar allá, y después vuelvan a la Argentina y se incorporen al Instituto. Es decir, ya estamos funcionando.

– Usted destaca el orgullo que siente por el equipo de trabajo que ha conformado. ¿Ya se siente un maestro con sus discípulos?

– No. Me siento un par todavía (se ríe). Qué sé yo, es medio raro. Sí, uno siente que les da y ellos dan de vuelta. Varios de los chicos que hicieron el doctorado conmigo me consultan de manera permanente, no sólo acerca de cuestiones profesionales sino también personales. No sé si eso es ser un maestro. Uno tiene un poco más de experiencia y la puede transmitir. Habría que preguntarles a mis discípulos cómo lo ven. Yo tuve varios maestros, y siempre consideré importante agradecerles. Para mí era fundamental, y siempre lo hice, porque hay que saber reconocerlos. Me parece muy importante poder mirar y agradecer a esas personas. Pero creo que eso es algo que uno hace después, con el tiempo, cuando ya toma otra perspectiva. Para mí un maestro es un orientador, gente que te enseña hacia dónde ir. Es posible que uno lo sea, pero ser un maestro para mí significa que ya estoy un poco más cerca del final de la carrera (se ríe), por eso tal vez no quiero verme como tal, ¿no? Digámoslo así: que me consideren un maestro es una meta.

– Haciendo futurología, ¿cuál va a ser el próximo logro científico?

– A partir del trabajo clínico en perros que realizamos con el doctor Víctor Castillo, de la Facultad de Veterinaria, se está formando un grupo internacional para hacer un protocolo clínico del uso del ácido retinoico en el tratamiento de la enfermedad de Cushing humana. Las perspectivas son muy buenas. También la continuidad de los estudios del gen RSUME (ver el Cable Nº 667) tiene una perspectiva muy importante. Además, estamos trabajando en señalización de hormonas en el sistema nervioso central y cómo esto impacta en ciertas enfermedades neuropsiquiátricas, como la depresión.

– ¿Qué es lo que más le gusta de su trabajo?

– Muchas cosas. Una, es la variabilidad. Es decir, hacer cosas distintas todo el tiempo. Eso me gusta mucho. Pasar de discutir un experimento a analizar un problema técnico que pudo haber tenido un becario o un estudiante, o discutir un trabajo que publicó otro, y después lidiar con los problemas de las compras de las cosas que se necesitan, y todas las demás cuestiones institucionales. El cambio es enorme durante el día. A mí esa variabilidad me entusiasma.

– ¿La gestión se devora al científico?

– Trato por todos los medios de que la gestión no me tape la ciencia. Pero ya prácticamente no hago experimentos. Y me gustaba mucho hacerlos. Yo vi investigadores excelentes, que llegan a un punto de la gestión en que se alejan de la ciencia. Lo vi acá y lo vi en Alemania, y no querría que me pase a mí. Aún estoy muy metido en los proyectos, los discuto, leo y participo muy activamente. Espero que no me pase, pero es difícil.

– ¿Qué es un científico para usted?

– Un científico es una persona que trabaja mucho, que tiene muchas frustraciones y algunas alegrías. No es nada fácil, son más las frustraciones que las alegrías. Cuando no salen los experimentos, cuando los resultados no son los que uno espera, cuando las críticas de otros pares son muy fuertes. Un científico tiene que lidiar con todo eso, tener muy claros los objetivos, las preguntas, las hipótesis, y llevarlas adelante para poder contribuir al desarrollo del país con su trabajo. Yo creo que es una de mis misiones. Yo supe eso cuando decidí volver a la Argentina.

Fuente: El Cable Nro 688

Gabriel Stekolschik