Un largo camino a casa
Entre los años 2003 y 2007 más de 300 investigadores argentinos que habían emigrado decidieron volver al país. Más allá de algunos programas oficiales de ayuda, la vuelta no resulta para nada sencilla. El Cable recogió los testimonios de cuatro científicos que relataron las dificultades que tuvieron que enfrentar para concretar su retorno.
Es cierto, ya no corren los tiempos en los cuales un ministro todopoderoso mandaba a los científicos a “lavar los platos”. Luego de la brutal crisis del 2002, el sostenido crecimiento de los fondos para el sector, que se triplicaron en cuatro años, acompañado por un discurso revalorizador, indicaban que, para el sistema científico argentino, se avecinaban tiempos mejores.
Este escenario, junto con la implementación de algunos planes específicos como el Raíces, impulsaron el regreso de aproximadamente 310 investigadores. En breve, además, la Facultad presentará un listado de cerca de 30 científicos que competirán por los fondos de los PIDRI, Proyectos de Investigación y Desarrollo para la Radicación de Investigadores, dependientes de la Agencia.
Cuatro investigadores que volvieron al país, dialogaron con el Cable y contaron, entre otras cosas, las razones de su regreso, los principales problemas que se les presentaron y los aspectos positivos y negativos de esta nueva etapa.
“Falta un programa aceitado para el regreso”
Pablo Minnini realizó su licenciatura y su doctorado en Física en la Facultad, durante los años 90. Luego recibió una oferta de Estados Unidos y decidió viajar e incorporarse al National Center for Atmospheric Research, a comienzos de 2004. Trasladarse al exterior fue, para él, un paso muy importante. “La decisión de irse es casi obligatoria en el sistema científico. En todos los lugares serios siempre se intenta que la gente no nazca y muera científicamente en un mismo sitio. Creo que es muy importante conocer otras formas de trabajo. También desde el punto de vista de la política científica, uno aprende cómo se toman las decisiones en otro lugar”, sostiene.
Minnini viajó acompañado por su mujer y un bebé de seis meses. A pesar del valor que le asignaba a este paso para su carrera científica, admite que fue un momento difícil. “La decisión de irse no fue sencilla, mi esposa tuvo que renunciar a su trabajo. Al irnos -cuenta-, había un compromiso implícito de que volvíamos. Igual cuando llega el momento es otra cosa. Por suerte teníamos la decisión tomada porque si no, no sé qué hubiera pasado”.
“La experiencia fue muy positiva en muchísimos aspectos”, evalúa. Por esta razón, quizá, confiesa que la decisión de regresar le costó mucho. “Desde lo profesional cuesta, porque acá falta un programa aceitado para que la gente vuelva. Cuando uno se va, rápidamente recibe un mail con todas las indicaciones que necesita, te arman tu oficina, te preguntan qué más necesitás. En cambio llegar acá, es aterrizar y empezar a buscar un escritorio”.
“Lo que ocurre -sigue-, es que cuando uno se mueve, intenta que el tiempo para volver a instalarse sea el mínimo posible y cuando uno ve que pasan tres o cuatro meses y sigue dando vueltas, empieza a desesperarse. Por ejemplo: uno tramita un subsidio y recién lo empiezan a pagar un año y medio después”, se enoja.
Sin embargo no todas son malas. Al comparar la situación actual del sistema científico con la década del 90, Minnini nota cambios positivos. “Hoy se está mejor, los salarios están mejor. También está abierto el ingreso al Conicet, hoy te presentás desde afuera y el trámite es bastante razonable. Lo que pasa es que el sistema científico requiere mucho más que investigadores con un sueldo pago, requiere de subsidios para que la gente pueda comprar los insumos que necesita, requiere de una infraestructura y me parece que ahí es donde el discurso político no se acompaña con hechos. Está dado el primer paso, ahora falta el segundo”.
“Hay que reducir la brecha entre el regreso al país y la vuelta a la investigación”
Alejandro Colman Lerner hizo su licenciatura en Biología en la Facultad, con orientación en biología molecular. Luego completó su doctorado también en Exactas. Partió hacia el Molecular Sciences Institute de Berkeley, EEUU, en enero del 98. “Irte es un paso muy aconsejable después de terminar el doctorado. Es una oportunidad casi única para hacer lo que quieras en, quizás, uno de los mejores lugares del mundo donde se hace lo que se te ocurrió hacer a vos”, explica.
Para él, viajar al exterior constituye un paso casi natural. “En el ambiente en el que yo me muevo la gente está pensando en que al terminar el doctorado se va a ir. Es el camino normal, viene la escuela primaria, la secundaria, la facultad, el doctorado y después el posdoc afuera”.
Colman Lerner califica con un excelente su experiencia de siete años en Berkeley y admite que el regreso fue motorizado por su esposa. “Ella quería volver por cuestiones personales sí o sí. Yo también, pero no sé si lo hubiera hecho sin su impulso”.
Tomada la decisión, había que comenzar con los preparativos. “Pedí y obtuve el ingreso al Conicet. Pero volver a la Argentina no es una cosa simple. Más allá de la reinserción académica, está el tema de adónde vas a vivir. Conozco gente que no puede volver porque no tiene dónde vivir. Por suerte yo había podido ahorrar lo suficiente, porque sino iba a tener que alquilar toda mi vida”, sostiene.
Más allá del los inconvenientes, para Colman Lerner, algunas cosas mejoraron. “Desde que yo llegué el sueldo se duplicó. Lo que falta es una forma de reducir el tiempo que tarda un investigador en volver producir. El tema es que el Conicet se transformó en una institución que da sueldos y que mantiene edificios. Entonces te da trabajo pero no te da con qué trabajar y después vos tenés que ganarte un subsidio de la Agencia. Pero está desacoplado”.
“Yo llegué en el 2005 -sigue Colman Lerner- y saqué un subsidio lo más rápido que pude. El dinero me lo empezaron a dar en marzo de 2007. Entonces ¿cuándo volví realmente? Al territorio nacional, en el 2005, a la investigación, mucho después. Ahora hay algunos programas que cuentan con unos subsidios de reinserción, pero en los cuales compite en un grupo separado la gente que quiere volver. Entonces eso ya es más razonable, te presentás desde afuera al subsidio, lo obtenés antes de llegar y cuando llegás tenés un espacio y un dinero para empezar a trabajar”, completa.
“Que quede claro lo positivo”
Marcelo Wolansky completó su licenciatura en Ciencias Biológicas y su doctorado en la Facultad, durante los años 90. Comenzó a pensar en viajar al exterior cuando estaba cerca de terminar su tesis. “Veía que mi capacitación necesitaba dar un salto a otro tipo de especialización o profundizar lo que había hecho”, señala, y agrega, “hay algunas áreas en las que el paso por el exterior es casi obligado, porque el país todavía no ofrece en ese ámbito una estructura adecuada”.
Sin embargo motivos familiares fueron postergando ese paso hasta que, finalmente en julio de 2003, partió con su esposa y sus dos hijos hacia Carolina del Norte, EEUU. “Mi idea era capacitarme cuatro o cinco años y después volver al país con una muy buena visión de cómo hacer una carrera exitosa, entendiéndose como exitosa la posibilidad de hacer lo que me gusta y poder vivir de eso”, relata.
Wolansky considera que la experiencia fue muy positiva y que pasados dos o tres años ya había conseguido lo que había ido a buscar. Era el momento de retornar. “Me quedé un año más porque quería ponerme en contacto con distintas instituciones para poder trabajar apenas volviera al país. Le tuve que prometer a mi mujer y a mis hijos que no me iba a tentar con propuestas para quedarme”, explica.
La respuesta que obtuvo desde los organismos contactados fue muy buena, aunque ese contacto dejó al descubierto también algunas falencias. “Noté grandes esfuerzos aislados de personas en cada uno de los organismos, esfuerzos muy sinceros y muy honestos, pero es como que falta en el nivel superior alguien que potencie todos esos esfuerzos individuales, uniéndolos hacia el mismo objetivo”.
A pesar de esos inconvenientes Wolansky se apura en aclarar, “algo que no me gusta es diferenciar a los científicos de otros grupos sociales. Las falencias de infraestructura no son patrimonio de la comunidad científica. Entonces yo acuerdo con que hay problemas para que se incorporen grupos de investigación, creo que va a haber problemas de infraestructura, de espacios y de organización, pero me siento incómodo con algunos reclamos porque es lo mismo que le ocurre a grandes porciones de profesionales argentinos”.
“Yo quisiera que quede en claro la parte positiva -solicita-, la consideración de que van tres o cuatro años de continuidad de proyectos para que retornen investigadores del exterior y que gran parte de esos programas son reales y antes no estaban, más allá de quejarme y reclamar por lo que falta”, concluye.
“Regresar no es fácil en ningún aspecto”
José Castaño se graduó en la Facultad de Filosofía de la UBA. Se acercó a Exactas para trabajar en el área de lingüística computacional o procesamiento de lenguaje natural. “Yo estaba trabajando aquí (en Exactas) como ayudante y en Filo como JTP. En determinado momento me di cuenta de que en el país no podía avanzar más, no podía terminar de formarme. Es que el área de lingüística formal era casi inexistente”, relata.
En el año 97 viajó con su mujer a EEUU para incorporarse a la universidad Brandeis en Boston. “Me fui para hacer el doctorado, acá era imposible hacerlo, y después ver qué pasaba”, cuenta.
Hacia finales de 2003 Castaño completó su doctorado y tenía que tomar una decisión acerca de su futuro, podía seguir en EEUU y también viajar a España, pero los afectos pudieron más. “Nosotros queríamos estar en un país latino, extrañábamos mucho Argentina. Creo que una de las razones más fuertes para mí, fue que decidimos tener un hijo”.
El 2006 sería el año de su regreso. La idea era seguir trabajando en el mismo proyecto pero desde Argentina. Pensó que podía hacerlo desde la Facultad. Se anotó en un concurso para un cargo interino pero no logró el orden de mérito que esperaba. “Uno de los problemas que veo es que al pertenecer a un área que no tiene tradición, la gente no tiene forma de evaluarlo y entonces eso se tornó una dificultad”, cuenta.
Castaño recién consiguió un cargo en Exactas a principios de septiembre. “Las cosas no fueron sencillas para mí. Por ahí otras personas han tenido experiencias mejores. Para mí, hasta hace poco, regresar había sido un error. De todos modos creo que en la Facultad y en la Universidad hay un deseo de apoyar a la gente que vuelve”.
Para Castaño el problema es de tipo estructural. “Yo creo que el sistema científico argentino no está preparado para el regreso de los investigadores. El programa Raíces es un paliativo, pero en términos de fondos cubre gastos que son mínimos. Hay un problema real, no creo que Argentina pueda satisfacer los horizontes que uno puede tener en un país del exterior, porque no tiene los recursos, sobre todo en áreas dónde estamos casi en cero“, opina.
“Lo que sí se puede hacer -continúa Castaño – es facilitar el regreso de los investigadores otorgando mayores facilidades para la reinserción. Yo creo que debo haber perdido los últimos seis meses haciendo trámites para tener un lugar. No es fácil en ningún aspecto, sobre todo para el que estuvo mucho tiempo afuera”.
Fuente: El Cable Nro. 662

Facultad de Ciencias Exactas y Naturales - Universidad de Buenos Aires - Argentina